El banco junto al mar

¡¡Cuánto me gustaría estar ahora en el banco junto al mar, disfrutando de los sonidos y de los olores!!

Era un día gris en la realidad anímica de la muchacha. “No apetece mucho estar al aire libre”, dudó. Pero estaba un poco cansada de estar entre cuatro paredes y deseaba sentirse libre de nuevo. El peso de la semana era aún notable y visible en su cuerpo físico, y también en su ánimo. Pensó que, a pesar de que aquel aire tan ruidoso  la invitaba a quedarse en casa, prefería  pasear junto al mar, su amigo el mar, a quien tanto adora y, al mismo tiempo, respeta.

En estos días desapacibles, el mar suele estar un poco alterado y poco amigable. Parece que, con cada ola que se acerca, quiera escupir toda su rabia, quiera maldecir a quien ose acercarse.

Y allí estaba ella, sentada en un banco en un sitio bien aireado, especialmente en días ventosos como hoy, ya que no queda protegido por nada, sólo el banco observando el mar. Bueno hoy, ella y el banco observando el mar. Ese mar hipnótico, bravío, amenazador, y al mismo tiempo, tan entrañable.

Era un día desapacible sí, pero un día apropiado para estar a solas en ese lugar, entrando en sintonía con esa danza interminable de las olas rompiendo salvajemente contra las rocas del acantilado.

“Qué bien que me he abrigado!”, pensó ella. Cada instante que pasaba parecía acomodarla más en aquel conjunto de circunstancias que se conjuraban aquella mañana. Y eso la hacía sonreír. Sentía su propia calidez interior, y no había lucha, sólo aceptación. Era como un fundirse en el momento. Sólo existía ella, el banco y el mar con su intenso monólogo. Era bello ese instante. Era único. Eso era lo que la había llevado hasta allí. Sabía que ese instante se presentaría como especial, liberador. A estas alturas del momento, la sonrisa ya ocupaba todo su Ser.

Sí, sabía que podía estar donde quiera que quisiera estar aunque, en cuerpo físico, estuviera sentada en el taburete de su estudio. Todo podía ser tan real como ella deseara. Desde ese taburete  podía sentir las gotas de agua, los sonidos y olores que transportaban las olas, los movimientos turbulentos del viento, se podía sentir apoyada en aquel banco solitario, con los pies que apenas llegaban al suelo debido a la orografía del terreno. Todo era muy real. 

Clara Freire (Cati)

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