El Susurro de las Hojas al Caer

El susurro de las hojas al caer llenaba el ambiente que parecía silencioso .

Transcurría el tiempo lentamente en aquel claro del bosque. Los árboles del lugar disfrutaban del silencio y la quietud, del calor y de la luz de los rayos del sol. “Por fin, un día de calma”, pensaban en uno u otro momento.

Los días anteriores habían sido muy estresantes. A esos pequeños humanos se les ocurrió la idea de que muchos de nosotros molestábamos y decidieron que lo mejor era talarnos. Algunos de nosotros habíamos “oído” como los humanos querían hacer más prados y a pesar de eso no podíamos creer lo que oíamos. Piensa que no entendemos sus palabras, sino que sentimos las energías que salen de sus corazones. Y en aquellos corazones no había armonía, y mucho menos calma. ¡Pero con los humanos, nunca se sabe qué orientación puede tomar esa falta de paz en sus corazones!.

¡La intranquilidad fue ganando espacio en nuestros seres grandes y fuertes, y vulnerables también !!. Sí, a pesar de que fueron pasando los días y no sentíamos movimiento no aumentaba nuestra tranquilidad, más bien era mayor nuestra inquietud. Entre los humanos que viven cercanos a nosotros el movimiento fue al revés. Comenzaron con una gran inquietud y con el paso de los días y la falta de movimiento, se fueron confiando. “No hay peligro”, pensaban. “Seguro que han cambiado de opinión, el coste económico les habrá pesado y han optado por otra decisión”, se decían. Aún así, nosotros no podíamos relajarnos como ellos; para nosotros el peligro acechaba.

Los más antiguos de nosotros no sabíamos cómo comunicarnos con esos humanos más cercanos, esos a los que sí les preocupaba nuestro bienestar.

Antes venían a visitarnos, a admirarnos, a disfrutar de nuestro cobijo, a admirar cómo nos íbamos desarrollando,…pero hace tiempo que nos miran a distancia. Quizás sea porque está haciendo mucho calor o, lo más probable, porque están sumergidos en sus “asuntos humanos” y no tienen ojos para sentir la vida, o al menos a nosotros.

Sí. A la angustia de no saber qué nos ocurriría si aquello que habíamos “oído” era cierto, se unía la de la falta de agua y un calor abrasador. No, no podíamos relajarnos. No habíamos vivido una situación como ésta y no sabíamos qué hacer.

Siguieron pasando los días. Una mañana de calor intenso escuchamos un sonido aterrador, un sonido que auguraba que algo iba a ocurrir. Y ocurrió.

Aquella cosa metálica avanzaba hacia nosotros, con aquél sonido que parecía salir de otro mundo, un mundo frío y despiadado. Avanzaba y a su paso cortaba nuestros cuerpos, como si nos partiera en dos. Las hojas lloraban, “qué está pasando!!” gritaban mientras caían sus lágrimas. “Qué está pasando?”, repetían una y otra vez. Todos nosotros nos quedamos mudos, sólo las hojas podían gritar. Sólo se oía el sonido de esa máquina, que apagaba cualquier otro que pudiera sonar. Ahora éste, ahora ese otro,… así fue avanzando y talando. Así por horas humanas, que para nosotros fueron una eternidad llena de dolor, miedo y tristeza.

Cuando aquél hombre metido en su máquina diabólica decidió que ya había cortado todo lo que le molestaba,se dedicó a amontonarnos unos encima de los otros; nuestro dolor aumentó porque nos dimos cuenta de cuántos de nosotros habíamos “estorbado” a ese humano. No podíamos hacer nada y así, poco a poco, nos fuimos apagando y salimos de esos cuerpos físicos que habíamos estado ocupando. Volveremos.

Cuando aquella máquina se fue, el espacio se llenó de silencio de nuevo. Entonces se hizo más evidente aún el dolor ocasionado y sentido, y los humanos que allí vivían pudieron sentir el vacío y al mismo tiempo la tristeza que llenaba el espacio.

¡Esos humanos consiguieron salvar a algunos de nosotros!!! Podíamos sentir cómo aquel humano, enfadado ante el descubrimiento de la experiencia que estaba sucediendo, gritaba al otro de la máquina. En su corazón entendía lo que nos ocurría, y no estaba dispuesto a tolerarlo. Demasiado tarde.

Las hojas de los árboles, como no queriendo romper aquel instante ni queriendo llamar la atención del humano de la máquina, susurraban unas con otras todo lo ocurrido. Algunas sufrieron un gran shock y caían poco a poco, unas tras otras, susurrando sonidos que ya no eran inteligibles.

Fue un gran desastre éste que relato, ocurrido en el verano del 2016. Fue un gran desastre porque lo que relato no ocurrió sólo en este claro, sino en muchas otras arboledas.

Clara Freire (Cati)

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